Carta de un ilusionado/resignado
Querida Milena, te estoy escribiendo y eso me gusta por dos razones. La primera, porque escribir es una de mis acciones favoritas, y la segunda, porque me gusta saber que vos me inspirás algo. Y es tan lindo lo que inspirás, tan puro, tan dulce, que resulta sencillamente encantador. Porque las mujeres por lo general inspiran algo sensual, pasional, sobre todo lo demás que puedan inspirar; pero vos sos diferente, tenés un no sé qué fascinante, que además de lo sensual, porque sí que lo tenés, amplía tu repertorio hacia lo virtuoso, lo bondadoso... Yo te veo, o te recuerdo, o te imagino, y me invade una tranquilidad preeminente, y me siento en paz, no sólo conmigo mismo, sino contigo, y con los demás, y con la vida.
Sin embargo, no es del todo favorable que me inspirés todo lo anterior, y que además me inspirés a escribir. Es algo más bien peligroso. Peligroso porque aún existe un abismo entre los dos. Porque no es posible que pueda sentir tanto en tan poco tiempo, y tu no te des ni cuenta. Porque necesito saber si existe alguna posibilidad entre tú y yo para darle rienda suelta a todo esto que siento. Porque entre más lo guarde, entre más lo esconda, las aspiraciones más me calcinan. Y sobre todo porque seguramente –es lo más probable– te esté idealizando.
Sin embargo, no es del todo favorable que me inspirés todo lo anterior, y que además me inspirés a escribir. Es algo más bien peligroso. Peligroso porque aún existe un abismo entre los dos. Porque no es posible que pueda sentir tanto en tan poco tiempo, y tu no te des ni cuenta. Porque necesito saber si existe alguna posibilidad entre tú y yo para darle rienda suelta a todo esto que siento. Porque entre más lo guarde, entre más lo esconda, las aspiraciones más me calcinan. Y sobre todo porque seguramente –es lo más probable– te esté idealizando.
Aunque hablemos varias veces a la semana, y pasemos tiempo juntos –ni tanto para decir que somos íntimos, ni tan poco para asegurar que no nos conocemos–. Nos han faltado conversaciones a solas, y ése ha sido mi mayor reto, poder conversar contigo a solas, pero es difícil, porque sino estás con tus amigas, estás con algún compañero. Y es importante, porque en esas conversaciones te sales de éste mundo, del mundo de los demás, de tu mundo, y entras en el de la otra persona. Y si logras respirar en ese mundo nuevo y desconocido, ya no querrás irte...
Voy a analizar la situación y espero que la entiendas. Vos me gustás, eso está muy claro, y yo te intereso, o bueno, al menos así parece –no sé si se pueda comparar el sentimiento que yo te tengo con el que te produzco–. Quiero saberlo a ciencia cierta. Por eso, todo lo anterior es para decirte, tan solo para pedirte, que me concedas una conversación a solas. Sólo una, no requiero nada más.
Estaré mañana en el Café de dieciocho, a eso de las cinco de la tarde.
Tu pretendiente declarado, Eduardo.
2 de Septiembre
No sé cuanto tiempo ha pasado desde que te escribí la última carta, lo único que sé es que ya nada de eso importa, al menos para vos. Me dejaste claro hace una semana que lo único que querés de mí, es mi silencio e indiferencia, y precisamente es es lo único que no quiero darte. No quiero darte ni mi silencio, y mucho menos mi indiferencia. Lo único que quiero –y de todo corazón lo digo–, es regalarte mis mejores palabras, contarte mis mejores historias, hablar contigo por horas, con miradas, con caricias, cuando fuese y donde fuese. Quiero darle la guerra a tu deseada indiferencia. Pero eso ya no depende de mí.
Y pensándolo bien, de la única manera en la que accedería a darte mi silencio, es si pudiera disfrutarlo junto a vos, o vos junto a mí. Estar sentados por ahí, o caminar tomados de la mano. Transmitirnos vida, dejando que nuestras miradas se pierdan en algún árbol bonito, de esos que septiembre nos regala... O vos perdiéndote en mí, yo también puedo ser algo bello y pues, estamos en septiembre.
Sólo puedo ofrecerte eso, mi silencio convertido en nuestro silencio. Es que no podría dejar de hablarte. O bueno, tal vez sí, pero si te tuviera cerca, bien cerca, donde las palabras pierden todo su valor.
Qué pavadas... Ni sé porqué escribo esto, si vos ya estás decidida. Querida Milena, no te asustes si notas demasiado empeño en mí, aunque quizás lo haya, pero es mi manera de vivir. Sé que suena absurdo para vos que yo te diga que estoy enamorado, sin embargo, para mí es absurdo no decírtelo. Y aún siendo absurdo, voy a prometer dejar de hacerlo. Intentaré que ésta sea mi última carta, al menos la última que vos veás.
Sin más preámbulos me despido.
Tu pretendiente resignado, Eduardo.
-I.S. y Jose
Sólo puedo ofrecerte eso, mi silencio convertido en nuestro silencio. Es que no podría dejar de hablarte. O bueno, tal vez sí, pero si te tuviera cerca, bien cerca, donde las palabras pierden todo su valor.
Qué pavadas... Ni sé porqué escribo esto, si vos ya estás decidida. Querida Milena, no te asustes si notas demasiado empeño en mí, aunque quizás lo haya, pero es mi manera de vivir. Sé que suena absurdo para vos que yo te diga que estoy enamorado, sin embargo, para mí es absurdo no decírtelo. Y aún siendo absurdo, voy a prometer dejar de hacerlo. Intentaré que ésta sea mi última carta, al menos la última que vos veás.
Sin más preámbulos me despido.
Tu pretendiente resignado, Eduardo.
-I.S. y Jose
Comentarios
Publicar un comentario