Un relato final, y no
Día caluroso, había llovido en la madrugada y eso hacía más grave la situación, porque si hay algo peor que sentir el picante Sol del medio día en la piel, es tener que soportar ese bochorno sofocante, asfixiante y desesperante que corrompe la atmósfera, quizás habituada, de Santiago de Cali cuando ha asomado una llovizna como preámbulo del Sol característico. Apenas me desperté fui a observar a mi madre, está un poco enferma. Los últimos años no han sido del todo buenos, por no decir malos, y más con la muerte del viejo; creo sublimemente que, a partir de ese hecho, ella ha perdido su chispa característica, su vivacidad apremiante, su gracia indeleble. Escasamente le quedan fuerzas para sostenerse, para seguir dándome consejos y contar una que otra anécdota de su juventud, de su vida llena de vaivenes, dolencias, satisfacciones, pero sobre todo, de pasión; pasión no tanto por su vida, sino por la vida, es decir, por la creación.