Un relato final, y no

Día caluroso, había llovido en la madrugada y eso hacía más grave la situación, porque si hay algo peor que sentir el picante Sol del medio día en la piel, es tener que soportar ese bochorno sofocante, asfixiante y desesperante que corrompe la atmósfera, quizás habituada, de Santiago de Cali cuando ha asomado una llovizna como preámbulo del Sol característico. Apenas me desperté fui a observar a mi madre, está un poco enferma. Los últimos años no han sido del todo buenos, por no decir malos, y más con la muerte del viejo; creo sublimemente que, a partir de ese hecho, ella ha perdido su chispa característica, su vivacidad apremiante, su gracia indeleble. Escasamente le quedan fuerzas para sostenerse, para seguir dándome consejos y contar una que otra anécdota de su juventud, de su vida llena de vaivenes, dolencias, satisfacciones, pero sobre todo, de pasión; pasión no tanto por su vida, sino por la vida, es decir, por la creación.

Al entrar en su cuarto, el cual se hallaba oscuro a pesar del intenso sol de las 12, me dí cuenta que algo no estaba bien, revisé detalladamente cada rincón; el buró, en el cual reposa una única y patética fotografía en la que los dos, mamá y papá, me abrazan mientras yo me sumerjo en un sollozo que delata mi sensibilidad -o irritabilidad más bien- desde que era un infante; el tocador, lleno de mayólicas en forma de ánforas pequeñas donde ella suele guardar sus memorias escritas en papelitos de colores; sí, tiene verdes, azules y rojos. En los primeros escribe los recuerdos generales, las cotidianidades que, de alguna manera, han marcado su vida; en los segundos escribe los familiares, las situaciones de maternidad, hermandad, y amistad acaso, que le han dejado enseñanzas -de esos hay muchos-, y en los últimos, es donde escribe sus retentivas de amor, amor estrictamente conyugal, porque, extrañamente, su amor fue, es y será uno solo, mi padre. Revisé el closet, aún con los trajes de antaño característicos de él, están limpios, planchados y colgados por orden de preferencia -qué increíble es ver el amor cuando, a pesar de que se ha ausentado involuntariamente uno de los dos participes, se vive, no con la misma intensidad, pero si con una fidelidad pura; es decir, qué increíble es poder presenciar el verdadero amor-.

- ¿Qué buscas? - Dijo ella con la voz apagada, pero con suficiente fuerza para asustarme.

- Nada madre, me pareció ver algo raro, ¿has estado cambiando la habitación?

- Ah, si. Cambié las cortinas en la noche, ¡cómo se nota que sos hombre! - Dijo mientras esbozaba una sonrisa 

- Ma' no te burlés de mi condición, bien sabes que es difícil para nosotros, los hombres, ser tan detallistas como ustedes. Ya te traigo el desayuno - Dije, y procedí a salir.

- ¡No!, espera... quiero hablarte sobre algo. Me siento abatida. Anoche soñé con tu padre y me ha hablado, o al menos sentí eso. Me ha dicho que me iré pronto.

Ella siempre tuvo una buena comunicación con mi padre, siempre dieron la sensación de que más que novios o esposos, eran amigos, pero amigos de los verdaderos, de esos que se sinceran sin mayor dificultad sus secretos, miedos y resabios, de esos que les divierte hablar mas que cualquier otra actividad.

- ¿Irte? ¿A dónde? No me gusta que estés diciendo esas barbaridades. Sólo Dios sabe el día...

- Hijo, Dios nos habla a través de las personas también. Tu padre se fue, pero su alma sigue aún aquí, en mi corazón, y puedo escucharlo cuando me quiere decir algo. Así que siéntate y escúchame, por favor. - Dijo con una vehemencia que, sin ser deslumbrante, bastó para aplacar mis razones y hacerme prestar atención. Me senté en la mecedora donde ella suele leer sus libros de recetas y prendí el ventilador.

- Te escucho...

- Yo sé que la comunicación después de lo de tu padre ha sido casi nula, la verdad es que me he sentido incompleta y he sido débil, te tengo que pedir perdón por eso. Pero en momentos así, donde uno se siente ir, despegar, estar más cerca de allá que de acá, no hay otra opción que transmitir. Y en mis 73 años de vida nunca he tenido las ideas tan claras como ahora, en este momento. Así que no te preocupes, seré breve...
Hay algo, tres ítems, que me han servido para soportar los duros golpes de esta vida, los crudos veredictos del destino; que me han servido para vivir una especie de armonía en cada aspecto y etapa de mi vida,  y quizás los conozcas, en realidad casi todo el mundo los sabe, pero te los tengo que dejar bien manifiestos.

En ese momento intentó sentarse en la cama, con la espalda recostada en la pared. Hizo dos movimientos bruscos e intenté ayudarla, cuando estuvo cómoda continuó. 

- Como te decía hijo, hay tres cosas -en realidad hay más, pero éstas son las más generales- que debes tener presentes durante toda tu vida, para que no seas un amargado, un retraído, un desapercibido sin pasión. La primera es Amor, necesitas Amor, no sólo por la que vaya a ser tu compañera de existencia, o por tus seres más allegados, sino también por lo que sos, por tu vida, por lo que haces; Amor por este país en deterioro, donde la gente le da más importancia a lo material que a lo del alma, donde los supuestos "representantes" del pueblo son los que más atentan contra el mismo, robando, engañando y matando, donde las elecciones presidenciales no son una democracia, sino una lucha de orgullos, de poder, de vanidad; por este país donde la gente, a pesar de sus problemas, vive alegre, sacándole gusto a todo, no varándose por nada, luchando incesantemente por sus sueños, por salir adelante. Necesitas Amor por las personas en general, que en tu vida se divise ese deseo de ayudar, que cuando veas un hombre en la calle pidiendo limosna no se la des, sino que le enseñes cómo se puede vivir mejor; sí, necesitas Amor, porque la gente dice que ama, lo refunfuñan, pero sólo eso, sólo a lo que está cerca de ellos, de lo cual reciben algún beneficio. Y el verdadero amor, es mucho más que eso, es decidirse, pero ojo, no es vivir con el sentimentalismo dañino que nos hace débiles y nos crea una discapacidad en la determinación, no. El verdadero amor es un equilibrio entre sensibilidad y objetividad.

Mientras hablaba no me miró a la cara, tenía los ojos clavados en el televisor que reposaba, averiado, sobre una mesita de madera carcomida por los gorgojos. Empecé a notar que su voz decaía un poco, a pesar de su gran elocuencia y de sus palabras vivaces.

- ¿Queres que te traiga un vaso con agua mamá?

- No, déjame yo termino. Escúchame... Lo otro que necesitas es Humildad, Humildad para que cuando estés en la cima, porque sé muy dentro de mí que lo vas a estar, no te creas más que nadie, porque no lo sos, podés ser diferente, pero no por eso sos mejor; Humildad para que sepas de dónde vienes, de dónde saliste, ¿Recuerdas cuando tenías 10 años y vivíamos donde tu abuela? No había nada para comer, el desayuno diario era agua de panela y un pan troceado en cuatro pedazos, y cuando teníamos suerte, tu papá, de alma generosa como siempre, llevaba chocolate y a ti te inundaba una felicidad exorbitante. Así, así tenés que ser en tu vida, disfrutar de cada detalle como si fuera el último, agradecer, agradecer a Dios por el diario vivir, porque... ¿Cuántas personas no darían por al menos poder moverse, por estar completos, por poder ver, hablar, escuchar lo lindo y lo no tan lindo de esta suerte de aventura que es la vida? Y los que pueden se quejan por no tener ropa de marca, por no comer algo diferente todos los días, por no tener carro, moto, celulares de esos, que pueden ser en algún momento, más inteligentes que cualquiera de sus propietarios.

Durante ese instante pude sentir que mi alma se estremecía, que mi piel se erizaba, que mi corazón palpitaba fuerte. Supe que iba a suceder algo, que el momento meritaba un acontecimiento impactante, quizás conmovedor. Su voz era cada vez más convulsa, su mirada cada vez más fija y penetrante, su aspecto cada vez más frío, no tuve otra opción que interrumpirla.


- Madre no estás bien, voy a...


- Lo sé, pero no hay solución. Te pido que termines de escucharme y después haces lo que creas conveniente. Cúmpleme este deseo que tengo tan grande de expresarte la concepción que poseo de la vida, no te pido más. - Interrumpió


- Está bien - Dije resignado y dispuesto a salir corriendo hacia el teléfono apenas terminara de hablar


- Y por último hijo, necesitas Respeto, Respeto por vos, sobre todo por vos, porque si no te respetas vos mismo, nadie lo va a hacer, y si te lográs respetar, darte tu lugar, saberte imperfecto pero aún digno, vas a poder respetar sin fastidios ni rencores a los demás; vas a poder entender que todos, a pesar de nuestros defectos e insuficiencias, merecemos un trato digno, un Respeto oportuno.

Sí, esas tres cosas, esos tres valores, o como los quieras llamar, son los que te permitirán, de alguna forma, vivir mejor, estar satisfecho, no reprocharte, decidir mejor... Y es lógico, nunca vas a alcanzar la plenitud en todos, ¡eso sí sería una locura! Pero tampoco son suficientes las buenas intenciones. Como decía tu abuelo, mi padre: "Los hechos son lo más representativo de la voluntad del hombre". Así que hijo, yo sé que no he sido la mejor madre, aunque tú me contradigas. Sé que la cantaleta y el discurso ha sido agotador, que me me has odiado en muchos trayectos de tu vida, que hemos chocado muchas veces... Pero créeme que cada acción, cada palabra y cada gesto ha sido para protegerte, para enseñarte, para que no cometas los mismos errores que yo cometí, y quizás peores. Yo anhelo con que me recuerdes cada día, que tu memoria guarde estas palabras, ilusorias acaso; deseo que cuando te acuda una imagen mía a la mente no sea precisamente ésta, la menguante, sino más bien la tuya, sí, que tu imagen sea el reflejo positivo de la mía, eso quiero. Sobra decir que te amo...

En ese momento, después de ese gran discurso, de esas profundas palabras que nunca imaginé me las iba a pronunciar mi madre, que nunca -y era de lo único que estaba seguro- se me iban a olvidar, suspiró, se dejó ir, cerró los ojos...




Me inundó un frío espectral, la toqué, le tomé el pulso cardíaco, intenté ver si aún respiraba. Ninguna señal. "Estúpido. estúpido, estúpido. Debí haberla llevado al hospital" Me dije mientras sonaban las teclas del teléfono.  Contestaron.


- Buena tarde, se ha comunicado al Hospital General


- Si señora, ¡mi madre está inconsciente!, necesito una ambulancia urgente a la dirección...


- Disculpe, ¿cuál es su nombre?


- ¡Jose Daniel!


- ¿Jose Daniel?


- ¡Si señora!, como le decía...


- ¿Jose Daniel?


- ¡Si!...


- ¡Jose Daniel!, ¡Jose!


En ese instante abrí los ojos, mi corazón palpitaba como si hubiera corrido una carrera de 100 metros planos, sentía un vacío en el estómago como si intentaran sacarme las entrañas, estaba sudando. Miré el reloj, marcaba las 8:43 a.m. Escuché de nuevo la voz.


- ¡Jose despierta que se te ha hecho tarde! Aquí está el desayuno, levántate y saluda a tu tío que va de paso, ¡despierta, despierta!, eso pasa por quedarte tan tarde en el computador, voy a cancelar ese servicio de internet...


Era mi mamá. Nunca en mi vida me había sentido tan afortunado de poder escuchar su voz, lo único que quería era vivir ese momento, deseaba que fuera eterno, que la sensación de saberme favorecido por tener aún a ese ser que deja la vida por uno, que se sacrifica sin importar peros ni porqués, que demuestra un amor tan puro y sincero, no se me acabara por el resto de mi vida.



-Jose.

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